martes, 23 de octubre de 2007

- De la vulnerabilidad -

Al despegar las pestañas aquella mañana de lunes, mi primera sensación no fue muy grata. Tremendas dolencias rebasaban los índices propios de resistencia al dolor y todo apuntaba a que no tendría un buen comienzo semanal. Mi salud, en momento de vulnerabilidad, cuestionaba las posibilidades de afrontar el inicio de la jornada laboral; tan solo era el principio de una creciente virulencia.

La enfermedad, dolorosa pero de poca relevancia, fue avanzando hasta el punto incuestionable de tener que acudir al hospital más cercano a casa para ser examinado por el especialista de urgencias.

Salas repletas, demoras insoportables, nervios a flor de piel… todos los ingredientes que son de menester para que una sala de espera de urgencias sea una sala de espera de urgencias.

La espera se prolongaba aproximadamente hacia los cincuenta minutos cuando sonó mi nombre y apellidos por la megafonía del centro de salud a la vez que ensimismado oía agradecido aquella tardía llamada.

Me dirigí a Boxes siguiendo la línea naranja que me habían indicado. En mi camino acudió a mi encuentro el ansiado especialista el cual me indicó donde tenía que seguir esperando pues en su consulta aun permanecía un paciente en aras de reposo. Me senté en una fila de sillas de plástico azul apoyadas en la pared de un pasillo estrecho de Boxes. Mi campo visual abarcaba de diferente manera tres consultas (todas con las puertas abiertas) y por supuesto todo el pasillo.

En la consulta que me quedaba a la derecha, donde permanecía el doctor que iba a examinarme, yacía una chica de casi una treintena de años, tumbada en una camilla y aparentemente sedada vía intravenosa. Su cara era toda una lágrima… la clara expresión de un dolor insoportable que poco a poco iba siendo paliado por algún tipo de calmante.

Al mismo tiempo, justo enfrente mía y a escasos metros, otra consulta, otra paciente. La escena, en este caso, era algo diferente a la anterior. La doctora, sentada en su mesa, atendía a una mujer de aspecto macilento, desvaído, mustio. Al lado de la paciente de unos cuarenta años estaba su (supuesta) madre, sustancialmente de estatura menor que su hija. Era palpable el nerviosismo de la doliente, se balanceaba constantemente sobre su propia silla, me llamó la atención. El balanceo aumentaba en un claro aviso de querer arrancar su trasero de la silla y ponerse en pie. La escena me dio la clara impresión de un caso de esquizofrenia o similar y creo que no me equivocaría. Y llegó el momento en que se levantó, tensa como un palo de escoba, sus músculos duros y contraídos expresaban el claro nerviosismo, ansiedad y histerismo de aquella señora. La doctora aguardó en su silla impávida durante unos instantes hasta que la paciente se acercó, no de una manera muy fiable, y se vio obligada a levantarse y recular hasta el vértice de la consulta que le quedaba más próximo. En esos instantes en los que la señora estaba totalmente fuera de su autocontrol, se podía respirar una inminente agresión, me levanté apresurado ante esa circunstancia aunque no hizo falta mi intervención pues una enfermera que pasaba justo por allí pudo intervenir y junto con la madre pudieron reducirla. Ese momento me resultó extremadamente triste. Su progenitora me contagió de alguna manera todo su sufrimiento y dolor. “Tranquilas, tranquilas, no pasa nada, ¡¡sentémosla en el suelo!!, ¡¡sentémosla en el suelo!!” espetó profundamente preocupada (mucho más que la doctora) y sosteniendo todo el peso de la protección hacia su hija, intentando apaciguar la situación para ella tan estresante y dolorosa. Vi (aunque quizás me equivoque) a una madre sacrificada incombustiblemente por conducir y proteger la existencia de una hija afectada por algún tipo de enfermedad cruel, entregada para siempre a servirla incondicionalmente hasta el día que su vida se desvanezca. Cuando uno está enfermo es más sensible, más perceptible, más frágil espiritualmente. Sea como fuere mis dolencias se trasladaron al centro de mi pecho.

A mi lado, en aquel pasillo concurrido por médicos, enfermeras, enfermos y algunos familiares preocupados, yacía a mi derecha en una camilla otro paciente justo a un lado del pasillo. Parecía un claro caso de sobredosis, un hombre de unos treinta y cinco años, considerablemente delgado, rasgos faciales desgastados, desencajados, enfermos, demacrados. El enfermo ostentaba una camiseta de AC/DC negra, accidentalmente marcada por manchas de vómito y unos vaqueros estrechos azules emblanquecidos por el desgaste. El doctor, mientras le examinaba las pupilas con una linterna, le realizaba varias preguntas de diferente índole “¿sabe usted donde se encuentra?” “¿ha venido algún familiar con usted?”, el enfermo a poca cosa respondía claramente, pero estaba solo.

En aquel pasillo no paraban de transitar camillas con pacientes de avanzada edad, con muchos de ellos crucé la mirada. Rostros en incertidumbre ante su enigmático porvenir.

Miles de sensaciones y emociones se mezclaban heterogéneamente en urgencias. Dolor, alivio, esperanza, desesperanza, bondad, soledad, solidaridad, tristeza, tranquilidad, intranquilidad, indignación, gratitud… y yo hay, en mis diez minutos contemplantes de espera, observando nuestra vulnerabilidad ante la vida, absorbiendo para bien o para mal todas aquellas emociones. Cuando fue mi turno poco recordaba mi dolencia.

1 comentario:

Toni dijo...

Brillante.

Me ha recordado a un artículo que leí, el cual te recomiendo:

http://blogs.publico.es/dominiopublico/http://blogs.publico.es/dominiopublico/44/contra-los-cuerdos/

"Lo peor de las malas personas es que nos obligan a dudar de las buenas"